domingo, 18 de febrero de 2018

Y aunque intento respetar los tiempos que recomienda una enferma de cáncer así como otros, probablemente establecidos aleatoriamente, vivo con una sensación de dolor constante.
El sonido de las teclas del móvil a estas horas me desgarra.
Quisiera estrujarme. Quisiera vivir en la cama llorando, moqueando, sudando. Orinando y cagando en un cubo. Quisiera hacerme una trasfusión de sangre. Quisiera llorar tanto (más de lo que lo hago habitualmente) hasta deshidratarme. 
En definitiva, acelerar el absurdo proceso. Que llegue el día en el que no tenga la sensación de que me voy a desbordar constantemente. Que no sienta que se va a quebrar mi máscara. Que no sienta que aún me quedan días de llorar desconsoladamente.
Y ojalá, cuando ese día llegue, haya aprendido de una puta vez de mis errores.

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